jueves, 3 de febrero de 2011

Lapsus de románticismo 1.



Sábado, 7 pm. Gsv.




Previniendo que podía suceder lo temido, antes de salir había guardado su teléfono celular, del cual ya no soportaba ese maldito sonidito que, para bien o para mal, avisaba si es que alguien necesitaba hablarle. Depositó el maldito aparatito en el único cajón del clóset que tenía cerradura, y había puesto la llave en un lugar, que calculaba, a su regreso tendría que ser inalcanzable e irrecordable.

Volvió a las 4:30 de la mañana totalmente borracho y con la mente en blanco, en un estado de asepsia emocional que contrastaba con una manera bastante común, pero también peculiar, de tambalearse frente al ascensor del edificio. Las puertas se abrieron, y en simultáneo por un par de casi eternos segundos, cerró los ojos.

Espejos; al frente a la derecha y a la izquierda. Se sonrió a sí mismo, apretó el botón, miró el reflejo de su nuca, cerró los ojos sintiendo como su cuerpo se elevaba por el accionar del ascensor.
El ascensor se detuvo en el último piso, el quinto, las puertas se abrieron, y en simultaneo, abrió sus ojos, había llegado.
Salió raudo rumbo a su puerta, fastidiado por la densidad que el silencio siempre adquiría a esa hora, con o sin alcohol, estaba condenado a sufrirlo cada madrugada, quizás por eso, es que abría y cerraba los ojos de esa manera, quizás eran síntomas de unas ganas desesperadas de que todo cambie, en dicho abrir y cerrar de ojos.

Se demoró en encajar la llave en la puerta y cuando después de varios minutos, carcajadas y cigarrillos, logró entrar se golpeó con el umbral de la misma, Au, dijo.

Ese Au era el único sonido que lo había acompañado durante las últimas dos horas. De la fiesta se escabulló aprovechado que todos estaban distraídos con el hallazgo, en uno de los baños, de una chica inconsciente encharcada en vodka, Tampico, ácido gástrico y piqueitos diversos.

No se despidió de nadie y nadie tuvo tiempo de despedirse de él, daba igual, él ya no lo recordaría hasta muchos días después. Recordó la última conversación que tuvo, fue con Claudia quién se le acercó durante su vaso número trece de whisky, interrumpiendo su ritual de envenenamiento etílico. Tratando de parecer divertida le preguntó:

-¿Por qué estas tomando tanto ah?, soltando una leve risita más desesperante que el silencio mismo.

-Ah, Claudia, Claudita- contestó él-. Tomo para olvidar.

-¿Para olvidar qué?
Él sonrió.-Ya no me acuerdo.

Claudia soltó otra risita y se sentó a su lado, Cruzó las piernas con más elegancia que sensualidad, se recogió el cabello sobre un hombro, mientras él la miraba y apuró un sorbo largo, cerrando los ojos.

Claudia siempre andaba sonriendo, era una buena chica, estaba casi sobria, era bonita, y por alguna extraña razón había cruzado la sala para sentarse a su lado. Sin embargo a él el pensamiento se le iba a otro instante, a otra voz, a otro día; se le fragmentaba en pequeños episodios que reaparecían en simultáneo y en blanco y negro dentro de su cabeza, y que, para bien o para mal, siempre terminaban con una pregunta en el aire, imposible de responder, a veces hasta imposible de formular.
Pensó: Mierda, ya me acordé otra vez. Tengo que hacer algo.
Y así escapando de esos recuerdos que al menos por esa noche quiso borrar, empezaba a existir el vaso número catorce.
Claudita en un tono de voz particular le pidió que le sirviera también.

El dueño de la casa se encontraba pegando la oreja a la puerta del baño, tratando de girar la manija, que lógicamente estaba cerrada.Claudia da el último sorbo a su vaso e insiste; -¿ No me vas a servir?- mirando la bendita botella de whisky con ganas, y luego dirigiendo ese par de ojos miel hacia él.

-Claudita, pero tú nunca tomas whisky, respondió buscando ser cortante.


-No, pero quiero tomar contigo, ¿está mal, no puedo?.

El anfitrión volvió al baño con la llave. Todos en la fiesta siguen en lo suyo.

Claudia ríe lo mira, y dice; Salud por lo que se nos olvida y por la memoria selectiva.


-Salud, dice él tratando de evitar sentir ternura por esa chica que sin quererlo, no podía reemplazar a nadie, pero parecía querer hacerse un lugar.

Mientras los vasos del Salud chocaban se oye un gritito, todos voltean, alguien baja la música y el silencio reina. La que había gritado era la amiga de la desmayada, una pelirroja con mucho maquillaje, y al parecer, también mucha capacidad para el drama. La pelirroja con ambas manos en la boca y los ojos de preocupación veía a su compañera que ya un poco más lúcida, reía y decía en un tono algo alto y con una labia atropellada cosas que ni él que estaba lejos, ni el dueño de la casa que estaba a un paso entendían, se formó una multitud alrededor, mientras él le servía dos hielos más a su whisky y un poco más de dicho trago.

Prestó más atención y por un instante sintió, o creyó sentir, una voz conocida dentro del baño, la única voz que no quería escuchar, y como por instinto el sudor, la respiración agitada, los ojos más grandes que la pelirroja. En ese momento volvió a recordar. Pensó nuevamente: Mierda, ya me acordé de nuevo.

¿Y si era ella, si realmente ella era la chica llena de vodka?. En ese mismo instante Claudia también se paró y fue a ver, dejando su trago recién preparado sobre la mesa, se le veía sinceramente concentrada en el asunto y su repentino gusto por el whisky parecía tan difuminado y su trago tan intacto y reluciente.Él no pensó mucho más, no podía permitirse averiguar el misterio, prefería pensar que su mente y los ya quince vasos de whisky hacían efecto, y que probablemente dicha ilusión era la misma que de cuando en cuando se manifestaba, junto con su recuerdo.

Secó su vaso y el de Claudia, cogió su saco y salió.

Así que ahora estaba tendido sobre su cama con las luces apagadas, y todo daba vueltas.

La densidad del silencio había vuelto bajo la forma de un zumbido de color azul oscuro con ocasionales líneas rojas que bailaban en el negro de la habitación, y que con sus ojos perseguía.
Dormir era imposible, y si se quedaba demasiado tiempo sin mirar a la nada, volvería otra vez el recuerdo.
Se le ocurrió diluir el zumbido del silencio con el zumbido del televisor, puesto que fueron pocas las veces en su vida en las que pudo dormir en silencio, siempre el televisor iluminaba la habitación cuando dormía. En circunstancias como esa, cada vez que uno cambia de canal, al menos por un sublime segundo se escucha un ¡Zbumb! reparador.

Prendió la tele. Zbumb.


Su mente aún podía procesar lo que veían sus ojos, ahora escuchaba algo más que el silencio.

Reconstruyen horrendo crimen de chica asesinada por holandés, zbump, Jesucristo es la salvación deja que entre a ti y que te salve también, aleluya, zbump, la actriz que hace diez años interpretó a cómplices al rescate reaparece en la televisión mexicana con el pelo teñido de rubio y el cuerpo esbelto de una chica de diecinueve, pero mantiene la telegénica e inolvidable expresión de cojuda, zbump, el último capítulo de Alf, zbump, baba de caracol de Colombia, zbump, zbump, zbump, zbump, una pantalla negra con créditos de una película y una música orquestal propia de las películas simples norteamericanas, con predominancia de violines le llamó la atención, y por alguna razón se quedó mirando la pantalla.

Y ascendiendo lentamente y en bloque, aquel nombre, entremezclado con los nombres de otros extras en letras de color blanco. Parecía querer jalar su vista, y que sin ninguna duda él lo vea, parecía estar predestinado a leerlo, a llegar a esa hora y caer en la pantalla negra de dicho canal, condenado a creer que la chica del baño era ella, a escuchar su voz, a sentir ese melodioso poema de una sola palabra que era su nombre... qué huachafería pensó, y luego gritó;Mierda, ya me acordé otra vez. Lo dijo con una entonación ida, que él mismo escuchó desagradable y borrachosa.



Es tu nombre de lo único que quería escapar esta noche y ahora aparece ante mi en el último momento y cuando menos lo esperaba, como siempre, como nunca, como tantas veces lo había sentido ya, y ya se acerca al extremo superior de la pantalla y en unos segundos habrá desaparecido sin que yo pueda evitarlo, como tantas veces había pasado ya.

La pantalla se quedó negra por varios segundos, y en el silencio del cuarto un maldito sonidito, que él ya no soportaba empezó a alterar el bendito silencio que tampoco podía soportar.
Ese bip bip que avisaba que alguien quería hablarle.

Cerró los ojos, volvió a sudar, la respiración agitada, por momentos sentía como si algo dentro de si, justo en la boca del estómago quisiera salir, gritar, decir algo, cualquier cosa y que al abrirlos todo cambie, todo sea mejor, que ella siga donde pertenece, a su lado

.¿Será ella?,¿ habrá sido la amiga de la pelirroja?, ¿estará en el mismo estado idiotizado en el que me encuentro? , ¿Sentirá esa misma sensación?.Mierda, ahora es inevitable, gritó.

Se paró raudamente, sin calcular que el alcohol había subido mucho más, pensó durante minutos dónde había dejado la llave, puesto que ni siquiera recordaba como llegar al cajón.El bip bip insoportable cada vez sonaba más fuerte, trepó a su mesa de noche para ver si las llaves se encontraban dentro de la lámpara del techo.

Resbaló, y sintió como lentamente caía hacia su cama, no hizo mucho ruido, y el dolor en ese estado no se siente precisamente efímero. Pensó que había caído de cabeza y que había quedado inconsciente, o peor aún, y por eso todo estaba de oscuras, el silencio reinaba y ya no era tan incomodo.
Abrió los ojos y seguía en el cuarto, todo seguía igual y curiosamente la pantalla seguía negra, la sensación que se había expandido de la boca del estómago a su pecho paró y el bip bip ya no sonaba más

Se acomodó y pensó; ahora estoy aquí, sumido en la oscuridad y en la semiinconsciencia, abriendo los ojos de pronto, loco por llamarte y decirte algo, cualquier cosa que sea cierta, porque con ella no importaba que dijera o que callara. Todo podía volverse importante, toda sinrazón podía tomar sentido e incluso todo lo que ahora era amorfo, en ese entonces parecía tener forma.

La oscuridad se iba terminando y la conciencia llegaba de nuevo a él, aún en dicho estado se moría de ganas de escuchar esa voz tan incontrastable.
Pero escondí el teléfono en el clóset y sigo sin recordar donde está la llave. Felizmente.


Cerró los ojos.

sábado, 28 de agosto de 2010

El olvido de los que nos olvidan.


Me gusta ver fotos antiguas, en especial las tomadas por uno mismo. Así se como se veía la persona y como quería que la vean los otros.


Fue inevitable coger el cigarro que hace horas quería encender y no encendí por miedo a malgastarlo, si es que un cigarro puede ser todavía más malgasto, estaba separado de los otros, puesto que sólo planeaba que si fumaba, sería sólo uno y con la bendita condición de que sea antes de dormir, no antes.


Lo encendí y es porque sabía que esa frase me cambiaría la noche, me jodería la madrugada y probablemente me tendría hasta la mañana buscando otro motivo más aparte del simple hecho de escribirle algo que luego al leer, pueda traer su presencia, su aroma y todo su ser al menos por uno de esos segundos clásicos de blanco y negro y de duración eterna.

¿Como empezó?, es algo de lo que no me gusta hablar, y por ende, algo de lo que no podría escribir y no es porque me sea un tema doloroso o complicado, si no porque ahí no radica lo interesante, si no en como terminó, en como ese sábado Fabiola terminó en su quinto vaso de ron, y en como termino yo, hoy, en mi quinto cigarro encendido.


Bajó las escaleras donde tantas veces jugamos a ser niños y al instante jugábamos a ser grandes. Con lentitud, pausada, preciosa, siempre sonriendo, con su pelo suelto y ademanes de nerviosismo, porque algo que no olvidaré es que todavía podía sentirse nerviosa cada vez que nos veíamos, esa sensación de no saber que decir ni que hacer, cuando callar y cuando besar.

Me recibió con el mismo beso de siempre, pero diferente, siempre era distinto, otra cosa que no olvidaré. Salimos de su casa a la reunión de Adolfo, abrazados, de la mano, por momento sin tocarnos, pero siempre caminando juntos.

Paramos en el mismo bar en el que nos conocimos, entramos y compramos 4 cervezas. Los pericos invadían el ambiente con esa música que tanto nos gustaba.
Nos sentamos mirándonos, me encantaba mirarla, perderme en el reflejo que sus pupilas brillosas y dilatadas por el alcohol resplandecían.

Conversamos de todo y de nada, era imposible aburrirme, creía yo, podía ser yo mismo sin tener que siquiera amoldarme a alguna situación o comportamiento que a Fabiola se le ocurriera, podía ser transparente o difuso, pero igual sabía como desarmar cada barrera o como armar cada rompecabezas para saber que me sucedía o las cosas que me molestaban, otra cosa que no olvidaré.


Detuvimos respiraciones y apuramos sorbos.
Eran las 11.53 y teníamos que llegar temprano donde Adolfo.

Caminamos por algunas cuadras de barranco y luego por otras de Miraflores. A 3 cuadras de la casa de Adolfo estaba ese parque en el que nos dimos un primer beso, Fabiola insistió en ir a sentarnos unos minutos, porque quería que conversemos de algunas cosas.

Me importaba llegar a casa de Adolfo, estar ahí a las 12 para abrazarlo y saber que era mi amigo, y hacerle saber que era el mío.

Fabiola insistió como nunca la vi insistir por algo, ni siquiera cuando me negué a mudarme con ella.Por la misma razón, es que me sentí atraído por resolver el misterio de no saber que sucedía y además atraído porque era de noche y ese parquecito evocaba recuerdos que hacían que mis instintos más carnales se hicieran presentes.

Bajamos un par de cuadras hacia el parque, por todo el verde negro del suelo y por la luna que enorme parecía sentirse atraída también por dicho misterio.Nos sentamos cerca a la palmerita donde nos tomamos nuestra primera foto, la que tenía al costado de mi cama, con la intención cursi de verla siempre antes de dormir.



Fabiola encendió un cigarro sacó el encendedor y empezó a fumar, todo parecería normal si no fuera por el simple hecho de que jamás ella encendía un cigarro si no lo hacía yo primero, incluso cuando ella quería fumar y yo no, dejaba que yo lo encienda y se lo dé. Otra de las cosas que no olvidaré.

Me miraba, y ya había pasado el efecto del alcohol, sin embargo sus pupilas se veían dilatadas y brillosas, como callando todo, como escondiendo algo.
Comenzó a hablar atropelladamente sin entenderse ella misma, sin dejarse entender para mi, pero el mensaje era claro, poco sutil, pero claro.

-Ya no siento eso que sentía antes cuando te miraba, ya no pienso tanto en ti como al principio, verte se ha hecho más un vicio, que algo para disfrutar y reír, estoy cansada de sentirme asfixiada por dentro y de sentir que lo que tenemos está envejeciendo, está entrando en ese letargo nauseabundo de equilibrar la balanza para evitar que choque con el suelo. Ya no soy capaz de dejarme amar por ti, ya no puedo fingir felicidad, ya no puedo ser en tu vida más de lo que ya soy, si no consigo ni creo en eso ¿Cómo puedo hacerlo por ti?.Las cosas cambiaron, para bien o para mal, ya nada es lo que era, si tanta libertad querías, si tantos sueños pretendías cumplir, hazlo, pero desde hoy no puedo ser más parte de dicha absurda libertad y de aquellos sueños que en algún momento sentí míos, y hoy siento siempre fueron exclusivamente tuyos. Tengo miedo y sé que lo sabes, estoy aterrada de que todo lo que te diga, mañana no sea más que producto de este bulto que llevo entre el pecho y el esófago y que me muero por sacar de una vez, no sé si necesito dejar de verte un tiempo, o si necesito simplemente alejarme de ti y dejar todo al azar, no lo sé, pero tengo miedo y sé que lo sabes.-


Me destruyó, se llevó consigo algo que creía estaba alejado de todo daño, sustrajo de lo más profundo de mi, lo único que creía nadie podía robarme, ella misma, ella en si.Es difícil recordar lo que le dije, lo que me respondió, lo que le pregunté y lo que volvió a responder, pero algo que me quedó grabado es que Fabiola ya no era Fabiola y que yo mismo ya no era yo mismo, otra cosa que no olvidaré.

Se despidió de mí, y me dio un beso, el mismo beso de siempre, pero diferente, siempre era distinto, y esta vez no fue la excepción.

Hubo silencio, unos segundos, pero esta vez no pasaba un ángel, esta vez pasaba Fabiola delante mío, marchándose presurosamente, sin querer escuchar más, sin dejarse convencer y sin querer ser convencida.

Ahí se iba una parte de mi, un capítulo que no quería cerrar, un libro que parecía querer tirarse al fuego, y consumir todo a su paso. Ahí se iba Fabiola y aquí me quedaba yo.

Me quedé sentado unos minutos, los más largos de mi vida, viendo como su figura se dejaba perder en el camino y se hacía más pequeña cada vez, se iba desvaneciendo de mi vista, y de mi vida, corrí como esperando encontrarla, como obligando a mi mente a ir más rápido y que salga de mi la palabra perfecta para que ella se quede, para que se quede conmigo y no se valla más.Nunca la encontré, ni siquiera corriendo más, ni siquiera mirando a todos lados.



Pasaron las semanas, me interné en mi casa sin salir, hundido en un vértigo de irracionalidad, sumergido en la nada de una habitación sin Fabiola; dicen que cuando alguien importante parte de tu vida, nosotros también partimos o morimos un poco.

El tiempo y la misma vida nos obligan, no a olvidar, pero si a dejar los recuerdos para después, y es algo que venía haciendo bien, hasta hoy.
No he vuelto a ver a Fabiola, para bien o para mal, y por eso me he obligado cada segundo, a mi mismo, a dejar su recuerdo para después.

Un cajón semiabierto del velador llamó mi atención, justo cuando estaba por dormir sin fumar, pude haber encontrado condones, cajetillas de cigarro dispersas o algún encendedor o incienso dentro de él, pero no, justo debía encontrar la única cosa que me había asegurado de hundir en el fondo del cajón; nuestra foto junto a la palmera, el día del primer beso, el día en que conquisté un mundo llamado Fabiola, un mundo que se derrumbó.


La miré con nostalgia, con las pupilas brillosas y dilatadas, en el reverso con una letra inconfundible se hallaba la razón por la cual hoy seguía sentado recordando, como hace varias semanas no recordaba; Me gusta ver fotos antiguas, en especial las tomadas por uno mismo. Así sé como se veía la persona y como quería que la vean los otros.

Me había prometido sólo fumar antes de dormir, eran las 7 de la mañana y la cajetilla de 10 cigarros ya estaba vacía, sin embargo y por extrañas razones, no me arrepentía, disfruté haberla traído de vuelta al menos por un instante, sentir su aroma y escuchar el eco de su risa.Reí con delirio sólo para hacer el momento un poco más irónico, cogí la foto y la puse en el cenicero.


Con el último cigarro que fumaba quemé una esquina de la foto, poco a poco las cenizas iban consumiendo todo a su paso, como un libro que se arroja al fuego y letra por letra va desapareciendo.
No logré dejar de fumar, ni arrancarme ese bulto que tenía, ahora yo, entre el pecho y el esófago, pero al menos había conseguido retardar más el efecto y seguir dejando su recuerdo para después y al menos por ese momento logré olvidar.


Otra cosa que Fabiola me dijo es que uno nunca termina de olvidar, otra cosa que yo tampoco olvidaré, y algo que ella, si olvidó.

viernes, 21 de mayo de 2010

Cuando.

Cuando el futuro se vuelve un sueño vacio

Cuando el todo se conforma con ser nada

Cuando el calor de un abrazo se muere de frío

cuando la sonrisa se esfuma y parte cansada


Y si la luz de alba ya no toca mi cama

Cuando mirando una estrella yo me hecho a morir

y si la sombra que cargo se apodera del alma

Cuando muriendo despierto me hecho a reir


Cuando la pasión entra en coma

Cuando lo que más se valora pierde su sentido

Cuando el amar se agota

cuando al final del tunel comienza el fin del camino


Cuando cada recuerdo pasa lento y en dos colores

cuando ese beso se volvió más fácil de dar

Cuando las palabras se vuelven atadores

Cuando el corazón lo que quiere es escapar.


Cuando la mirada se vuelve perdida

Y la nostalgia se apodera del andar

Cuando la otra mitad se ve partida

Y la melancolía invade su lugar


Cuando ansio tu llamada en desvelo

Cuando muero un poco cada segundo que no estas

Cuando necio y vacio camino siguiendo tu reflejo

Cuando quisiera escuchar lo que nunca dirás


Cuando volteo a mirar sin quererlo

Cuando espero lo que no va a llegar

Cuando escribo sin querer hacerlo

Y termino sin querer terminar

viernes, 15 de enero de 2010

El recuerdo de un pasado latente.

Esta constante de pensarte de una forma incesante
Y cada hora de este domingo que se demora
Y cada sueño de este desvelo que se prolonga
Esta amargura sin cura, remedio ni calmante.

Aquella mala costumbre llamada extrañarte
Dicha nostalgia que me toma como rehen diariamente
Aquella mala manía de verte en todas partes

Este burdo Absurdo de inmortalizarte en cada verso
ese trajín de correr el mundo y buscar el pasado
Esta mala costumbre de materializarte en cada objeto
esa falsa alarma de creer hallado lo buscado.

Este delirio llamado cariño que cada instante se consolida
estas ganas locas de verte al menos por equivocación
Esta suerte de juego de azar llamado vida.
estas manos que mueren y viven por tenerte como tentación

Y mientras más lo intento menos lo consigo
..Esta ansiedad de no tenerte y tanto buscarte
Y mientras menos lo pienso más de ti escribo
..Esta locura y desenfreno, llamado; necesitarte.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

El eterno observador. (primera parte)


Quiso poder recordar con facilidad porque no se encontraba en sus brazos, el motivo preciso de su repentino adiós. El olor del cuarto detallaba que el alcohol, además de otras pecaminosas sustancias, sirvieron para que aquella pasión incontenible y ese desenfreno que sólo en sueños podía concebir, fuera, como tantas veces lo había soñado, real al menos por esa noche.



En el fondo sabía que al culminar el acto al amanecer; envuelto entre aquellas cómplices sábanas, extasiado y perplejo por sentir aquel sublime cansancio, tendría que verla con aquella mirada esquiva, dando señas de no volver jamás. Incluso sabiéndolo de antemano, prefería no pensar en su partida, para el era suficiente escucharla reír, sentir aquella arma infalible llamada susurro y dejarse morir contemplando esos ojos cuantas veces sea necesario, hasta poder dejar de necesitarla, aunque eso sería lo más improbable.

Se había prometido mil veces no derramar ni una sola lágrima más, pero era comprensible, puesto que, sólo alguien de la belleza y perfección de Lucía podría ocasionar un dolor tan acogedor.
Quiso pensar en lo acontecido un poco más, aferrarse a ese dulce recuerdo y al ligero aroma que bien conservaba la almohada y se colaba para alborotar, aún más, todo su ser.
¿Cómo es posible que logres quedarte de esta manera, tan dentro de mi, incluso después de haberte marchado?, reflexionaba, mientras el agua de la regadera asesinaba toda evidencia de fatiga y todo rastro de la noche anterior.

Se secaba con brusquedad como queriendo arrancarse de la piel el dolor de no tenerla cerca, aunque sabía sería inútil, ella se quedaría inmersa en su ser como tantas veces lo había hecho ya, sin que él pudiera hacer más que tratar de acostumbrarse, para luego disfrutarlo, y valla que lo disfrutaba.
Eran las 9 de la mañana y el sol decidió marcharse y, con esto, seguirle los pasos a Lucía. Llegaba el primer café de lo que sería la mañana más fría y desoladora de aquel Enero.

El trabajo le quedaba cerca y el café tendía siempre a abrir a las 10 de la mañana, tuvo tiempo para fumarse un cigarrillo, hace años que venía prometiéndose que lo dejaría, y ciertamente lo dejaba cada noche antes de irse a dormir. Caminaba como por inercia con una expresión meditabunda en el rostro; observando sus pasos, contando las cuadras y ansioso por llegar, aunque bien sabia, nadie lo esperaba.


Sintiéndose hastiado empezó a acelerar el paso, queriendo explotar, queriendo desaparecer, Sin mirar por donde iba y dando pasos torpes como un ciego entre la multitud. El vértigo de la caminata lo hizo frenar del golpe, había llegado a su destino.

Al ingresar por la puerta de atrás la primera persona en saludarlo fue Romina, una chica bajita, con un cuerpo suculento, lleno de ejercicios y un ánimo envidiable.
Romina era de esas personas que siempre tenía una sonrisa enorme, desesperante y, en ocasiones, fingida.

-¡Hay! tontito tú siempre tan puntual, acuérdate que esta noche es mi cumpleaños y no puedes faltar en mi reunión eh, ¿Vendrás, verdad?- preguntó Romina extasiada y ansiosa de respuesta; abriendo los ojos como una desquiciada, con ese tono desesperante y su infaltable enfermiza sonrisa.

-Claro, cuenta conmigo, iré como a las 11, si no te parece mal- Contesté presuroso, con un tono de nerviosismo, pues sabía jamás iría ni a su cumpleaños, ni a cualquier otra actividad en la que estuviera incluida ella.

-Pero es en serio tontito, Y claro lo digo porque tú nunca vas a las reuniones, a veces no entiendo porque siempre eres tan aburrido, debes salir y divertirte, dejar de ser tan serio. Y además ¿Qué mejor ocasión que mi cumpleaños, no? -
Esbocé una ligera sonrisa, hipócrita y malhumorada, mientras ese pedacito de cuerpo se marchaba a la cocina dando brincos, con ese humor tan nauseabundo que, bien sabía, jamás podría tener yo. –
No pude evitar imaginarla como un cuy huyendo de su depredador, tan pequeña y presurosa ella.
Reflexioné un par de minutos sobre lo conversado con Romina. No pude evitar sentirme bien por su invitación, sentí, por un pequeño momento, un calido sentimiento por ese gesto de preocupación, de interés. No supe con exactitud como definirlo, supongo que algunos le dirían amistad. Fue raro y lindo, luego reí al pensar lo irónico que fue aquel momento, puesto que jamás hubiera imaginado sentir algo así y mucho menos por Romina.

Razón no le faltaba, jamás iba a reuniones y menos de gente del trabajo, mi vida se había convertido en una rutina constante; las clases en la universidad, los paseos por el parque los domingos, fumar, el café y el soñar y supirar por Lucía. Lucía… No pude evitar recordarla; su sedoso cabello castaño, esa piel tan suave que poseía un aroma indescriptiblemente delicioso.

Me proyecté al momento exacto en que nuestros labios entremezclados no podían pronunciar palabra alguna, la sentía cerca, revivía en mi mente cada minuto a su lado, era lo suficientemente real como para no querer despertar jamás, como para aferrarse eternamente a esa visión.

Por la forma como nos conocimos, a veces me gusta pensar que debía suceder exactamente así. Ese momento exacto, las palabras precisas, los escenarios previstos, el tiempo adecuado; todo un designio que conjuro que estuviésemos ahí y no en otro lugar, un designio hecho para nosotros. A partir de conocerla comprendí que quizás a eso le llaman destino y quizás la vida no era meramente una serie de accidentes o coincidencias sin sentido, como hasta ese momento solía creer, no lo sabía con precisión. Lo único que sabía es que sin duda ella lo cambiaría todo para siempre.

Desde que la vi por primera vez, en la biblioteca de la universidad, supe que sería el comienzo de algo interminable e Irreal- no hacía más que observarla, recuerdo bien- contemplaba con paciencia su risa y esa forma peculiar de movilizarse como si anduviera perdida siempre sin saber ni dónde ni cuándo, ni cómo ni por qué. No podía fijar la mirada en otra cosa que no fuera esa figurita, su figurita tan peculiar, que se movilizaba por toda la biblioteca preguntando por aquel libro o aquel autor. Siempre curiosa y despistada, siempre solucionando todo percance o mala cara con una sonrisa inocente, un destello de luz único.




A veces le seguía los pasos de forma asolapada mientras presurosa iba por el campus de la universidad, seguramente esmerándose po llegar temprano a sus clases, con esa carita de no saber hacia dónde se dirigía, con esa expresión angelical que a cualquiera podía desarmar, esa manera única de ser. Lucía tenía esa carita de yo no fui, aunque para mi, ella sí era.





Vino a mi mente el preciso instante en que por vez primera pude conocerla, y claro que no fue como esperaba, fue mil veces mejor. Aquél Día sábado cuando comenzó, formalmente todo, no entendí que es lo que me llevó a conocer a Lucía pero horas después comprendí que sería inevitable, y sería el fin de mi vida como hasta ese entonces creía conocer.
Estaba preciosa, la observaba fijamente atónito por la forma como se desataba el cabello, perdiendo la razón en cada movimiento que su perfecta figura realizaba al ritmo de la música, perdiendo la ilación del tiempo con cada coro que entonaba con un frenesí único y particular.

Era noche y yo moría por esos labios carnosos, que remojándose en el vodka de naranja parecían insaciables e incontenibles de alcohol. Lucía espontánea cantaba con los ojos cerrados como bailando en su mente, con ese infaltable cigarro en su mano izquierda, desenvuelta sin importarle nada más.
Yo temblaba y dudaba mil veces cada oración antes de pronunciarla, sin duda estaba muerto de miedo y aún más muerto por ella, si no hubiera sido por la música y el movimiento natural del lugar, quizás ella lo hubiese notado, aunque en el fondo sospecho, siempre lo supo.
Recuerdo que en ese momento por más que traté de contenerme, y aunque bien sabía el silencio, como era de esperarse, sería su primera reacción, no pude evitar caer en el absurdo de ser yo mismo, y con esto, preguntarle a Lucía lo único que sabía no se dignaría siquiera a responder, aquella incógnita que guardaba para mi soledad.
Apuré la bebida de un sorbo sin que se percatara de mi nerviosismo y exento de más dudas pregunté;

- ¿Podrías prometer que serás mia por siempre?- Dije, desanimado con tono nostálgico, como anticipándome, como esperando el fin.

Quise con todas mis ganas poder seguir recordando lo siguiente, cuando de pronto escuché aquella voz tan chillona que gritaba y reía como una hiena siendo ultrajada por algún robusto animal;

-¿Se puede saber qué esperas?, esas tazas no se van a lavar solas, estas parado mirando el techo sin nada mejor que hacer – Exclamó risueña y sarcástica, pretendiendo ser seria, Romina, mientras yo con los ojos más abiertos que nunca, queriendo ser ese robusto animal y eliminarla para siempre, comprendía porque la odiaba tanto, porque su sola presencia enervaba todo mi ser y porque era seguro que jamás duraría más de cinco segundos aquel calido sentimiento que para ese instante se había transformado en un deseo constante de homicidio.




viernes, 15 de mayo de 2009

Es el mejor tipo mi viejo.


Me ha tomado tiempo darme un tiempo, para escribir algo que pueda servir como catarsis y a la vez en honor a tu memoria.
Mi papá no fue el mejor papá, fue mucho mejor que eso, por eso cuando me animé a escribirte algo, después de tanto tiempo, fue porque sentía que ya tenía las palabras exactas y los recuerdos precisos.

Han sido dos meses desde que te fuiste, han pasado volando, lo que sigue pasando en camara lenta, al cerrar los ojos, son cada uno de los momentos que viví contigo, cada experiencia nueva, cada caida que tuve y cada alegría que a tu lado pasé. Me siento orgulloso de haber tenido la oportunidad de haber convertido a mi papá en mi amigo.

Cada día que voy a la universidad me acuerdo cuando me llevabas pisando acelerador, todo con tal de que llegue temprano, te importaba demasiado que aprenda a ser puntual. Gracias a ti ahora lo soy, no olvidaré jamás todo lo que significaste para mi, de lejos eres una de las pocas personas que podía arrancarme tanta carcajadas.

Te debo todo lo que soy, y tengo una deuda pendiente contigo, la cual quizas nunca salde, porque tú me enseñaste que siempre se puede hacer más, que siempre podemos ser mejores, el hacerte orgulloso será una tarea sin fin, que termine y empieze de nuevo cada día.


Te extraño muchisimo viejo, pero no de una forma triste y melancólica, sino con alegría, porque sé que si no lo hiciera así estaría yendo en contra de lo que tanto te esmeraste por hacerme entender, la vida es una fiesta y tú lo sabías mejor que nadie.
El cielo es el único lugar después de la vida en la tierra donde aún se toca música, ese sonido inconfundible que le sacabas a cada trompeta nueva lo llevaré tatuado e inmerso en mi por toda la vida.


Fuiste un grande en todo sentido, un gran músico, un gran amigo , un gran esposo y un mucho mejor padre. Y es que aunque a veces quisiera poder tener una última conversacion contigo, me llevo el recuerdo de que hasta el último momento estuvimos juntos, y eso será así siempre.

Incluso en mi último cumpleaños en el cual ya te sentías cansado te preocupaste por ir y comprarme las cajas de cerveza que siempre me dabas sin pedírtelo, incluso cansado hiciste lo mismo que todos los años, darme el mejor regalo, tu presencia y tu alegría.
El último día que estuviste con nosotros me diste un abrazo que hasta ahora yo siento interminable, pudiste decirme lo que me querías y lo orgulloso que te hacía, jamás olvidaré que hasta el último instante te esmeraste por seguir de pie demostrando lo que es vivir al máximo.


Marcaste en cada persona que te quiso una alegría diferente, una chispa que te hacía único, esa chispa es la que jamás podrá apagarse, ni en el corazón de quienes te amaron, ni en la memoria de quienes amaste.

Gracias viejo, por ser tanto en mi vida, por haberme dado tantas alegrías y tantas enseñanzas, gracias a ti estoy seguro que lograré cada reto que me propongo, y lo sé porque tú lo hiciste y porque además sé que estarás guiando mis pasos.


Gracias por permitirme tener el mejor ejemplo de vida, y por permitirme equivocarme y por mi cuenta aprender de eso, tengo tu voz rondando cada espacio de mi mente, tu risa rondando en cada parte de mi corazón, y te tengo a ti en todas partes, porque cada triunfo que celebre será celebrado por ti también, por que en cada obstaculo que se venga estarás tú con alguna de tus frases, dándome la pausa y la motivación que necesite para seguir.

Finalmente, gracias por TODO, no encuentro ninguna palabra para resumir lo que fuiste, ni para resumir cuánto te agradezco el haberme apoyado incondicionalmente, y cómo tú dirías, nada se termina, sino que todo comienza otra vez.

Comenzaré todos los días siguiendo cada uno de tus mejores consejos y terminaré este agradecimiento con puntos suspensivos, porque jamás terminaré de agradecerte lo grande que fuiste para mi y para quienes siempre te amaremos, hoy, siempre y por toda la vida juntos cholo . . .

jueves, 18 de diciembre de 2008

El ir y Venir.

Entre tu amor y el mio
No hay distancia que se atreva
A juntar tanto hastio

Entre mi sueño y tu llanto
No existe sonido que pueda
Imitar tan melancolico canto

Entre tu maleta y mi almohada
Sueñan y viajan ;
Despedidas de estación
Golpes de lleno al corazón.

Entre mis suplicas y tus excusas
Caen y vuelan posibilidades
Entre mis peros y tus amarguras
Caen y truenan tantas verdades

Entre mis intentos y tus huidas
Mueren y reviven
Mil ilusiones perdidas.

Entre colillas y vidrios
Entre la puerta y la cama
Suenan ya los martirios
De un esperanza muerta, De tu mala resaca

Entre mis recuerdos y tus fotografias
Se presenta la más absurda condición
Extrañar tus malas manias..
Desear que nadie pase por lo que yo.

Entre tus sueños y tus pesadillas
Se presenta la más sublime situación
Extrañar mis actitudes mas sensillas...
Desear que yo caiga de nuevo en tu tentación.


Nos tomará más tiempo del debido.
Entender como actúan las absurdas comedias
Un final no consentido.
Una historia triste, una historia de esas.


Entre lo que escribo la última letra..
Y tu dás el último seco certero.
Comienza la regresiva cuenta..
Que hoy sin quererlo llegó a cero.